—Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me cuesta mucho trabajo olvidar.
—Pues a mí no —dijo mirándome por última vez.
Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la hacían terrible y majestuosamente bella.
Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que por unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí, había desaparecido para siempre.
Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás; pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?
Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija de Dios?
Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo a Inés:
—Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel?
—No, ninguno —repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido.
Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las mías.