—¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?

—Tranquila y satisfecha —repuso—. ¡Pobrecita Miss Fly!

Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible ver a Dios, yo le veía, yo.

—¡Qué hermoso es vivir! —exclamé—. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué es, es vivir o es morir?

Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima y honda que turbaba nuestra dicha.

—¿Qué tal está hoy? —preguntó Amaranta.

—Muy mal —repuso Inés—. Solo vive su espíritu.

Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.

—Levántate —me dijo Inés—. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media que no me ha visto, y estará muy taciturno.

Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo.