—¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros?
—No, señor: estaba sola, sentada como yo sobre una peña, y con los nevados pies dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar frías gotas, las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado los negros cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas las partes de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía mucho. Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia ella y desapareció.
—¿Y después?
—La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el Lord en enero de este mismo año. Hallábame sirviendo en el hospital cuando comenzó el cerco, y entonces otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos heridos franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues nunca había visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina Madre de Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia de los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome idea de cómo es el Infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron de palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, yo estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los golpes de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron por la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas, pronunciadas en tres idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y otros se destrozaban como fieras... yo, exánime y moribundo, yacía en tierra en un charco de sangre y fango, y rodeado de cuerpos humanos. Abrasábame una sed rabiosa; una sed, querido señor mío, tan ardiente como si mis venas estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y paladar fuesen, en vez de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. ¡Qué tormento! Yo dije para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has dignado llevarme a tu seno. Ha llegado la hora de mi muerte.» No había acabado de decirlo, mejor dicho de pensarlo, cuando sentí en mis labios el celeste contacto del agua fresca. Suspiré, y mi espíritu sacudió su fúnebre sopor. Abrí los ojos, y vi pegada a mis ardientes labios una blanca mano, en cuya palma ahuecada brillaba el cristalino licor tan fresco y puro como al manar de la rústica fuente.
—¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés?
—Venía de monja.
—¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano?
—Aquella sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito, dejándome más sediento que antes.
—Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios —dije condolido en extremo de la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario—, y es que siendo esa persona un artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado espíritu creado por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos disgustos, congojas, mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía natural que la tomase usted en aborrecimiento, y que viese en ella más bien una espantable y horrenda fealdad que ese portento de hermosura, que con tanto deleite encarece.
Fr. Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo: