—El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, gratas al paladar, al olfato, al tacto y al oído. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor, y añade que cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un mal hombre, no dejaríamos de estimarla.

—Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual, según voy viendo, es un redomado tunante, habría tratado de perseguir la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana ilusión o materia corpórea.

—Yo lo he hecho, querido señor y amigo mío —repuso el hospitalario con acento ya debilitado por el mucho hablar—, y nunca he podido poner mis manos sobre ella, habiendo conseguido tan solo una vez tocar el halda de su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura se me ha representado siempre como una criatura humana con su natural espesor, corpulencia, y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce aliento de la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento; en fin, todo en tal manera fabricado, que es imposible no creerla persona viva y como las demás de nuestra especie.

—¿Y siempre se presenta sola?

—No, señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras muchachas, como, por ejemplo, en Sevilla el año pasado. Todas eran obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella como multitud de luces que se apagan de un solo soplo.

—¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?

—No, señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y se pierde entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, y ayer la vi en un carro.

—¿Que corría también como el viento?

—No, señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta recrudescencia y gravedad del mal que padezco.

—¿Por qué?