—Porque ayer me habló.

—¿Cómo? —dije sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban las locuras de mi amigo—. ¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la pastorcita, la monja de Ciudad-Rodrigo?

—Sí, señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al parecer de Extremadura.

—¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura!

—Sí, señor: veo que se asombra usted, y lo comprendo, porque el caso no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.

—Hermano, usted se burla de mí —dije levantándome de súbito y volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.

—Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles crisis.

—¿Y cómo iba?

—Triste, arropada en un manto negro.

—¿Y la otra mujer?