Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él.

—¡Adiós, adiós! —repitió ella—. Puesto que no nos hemos de ver más, despidámonos bien.

—Picarona —dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y sentándola sobre sus rodillas—. ¿Piensas que te voy a dejar marchar?

—¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar...

El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas impidiéronselo sus doloridas piernas, y golpeando los brazos del sillón, habló así:

—¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli —añadió dirigiéndose a mí con bondad—, ya que mi hija tiene la debilidad de quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis conmigo.

—¡A buena parte vas con súplicas! —dijo Inés riendo—. A fe que mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el populacho y adoramos a reyes y frailes.

—Bueno, me quedaré —dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en su tono—. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro.

—Todo se arreglará —dije yo acercando mi asiento al del enfermo—. Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes.

—Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire —dijo el masón con repentino brío—. Me llevaréis con vosotros... No tengo inconveniente, la verdad...