—Bueno, le llevaremos —dijo Inés abrazando a su padre—, le llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus criados a vivir a Andalucía para no volver más.

—¡Para no volver más! —dijo el enfermo con turbación—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Ella misma. Se separa de mí mientras tú vivas.

—¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de su aborrecimiento.

—Al contrario, padre —dijo Inés con dulzura—: se marcha porque tú no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y marcharme sola con mi marido, era una broma.

En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera deseado poder contener.

—Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa.

—¿No lo crees?

—No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí?

—Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni ninguna otra cosa, cuando se ha marchado?