—¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! —exclamó Santorcaz con un desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto.

—¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? Esos la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía.

El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre, era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía. Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba.

—Búscala por toda la casa —prosiguió Inés—. A fe que tendría gusto la señora en vivir dentro de esta jaula de locos.

—¡Se ha marchado! —repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo mismo.

—Y no me costó poco quedarme —añadió ella, haciendo con manos y rostro encantadoras monerías—. Su deseo era llevarme consigo. Allá le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte, a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te perdono.

Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz.

—Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella, abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón —dijo Inés, que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de diplomático—. Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo dije...

El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es posible preguntar.

—Se lo dije, sí —prosiguió ella—; y como esa señora tiene un corazón bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, ni ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a los que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás, porque un corazón de hierro como el tuyo no puede comprender esto.