—Sí lo creo, lo comprendo —dijo Santorcaz secando sus lágrimas.
—Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te llevemos a vivir con nosotros...
—¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? —preguntó Santorcaz con un resto de esperanza.
—Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo, a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia, ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras, a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días, para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad de la otra vida.
El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había cesado de afluir de sus ojos; tenía el rostro encendido, las manos crispadas, echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una sofocación fatigosa.
—Padre —exclamó Inés echándole los brazos al cuello—, sé bueno, sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá.
Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida, llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo, que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos, acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le asistía.
Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón. Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad había, sin comprenderlo bien.
El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico. Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto por todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa, cuyo semblante iluminaba la triste luz.
—¡Otra vez estás aquí! —exclamó con voz torpe y expresión de hastío y cólera—. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La cárcel, el destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para perseguirme...! ¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué agarras a mi hija con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué me miras con esos ojos plateados que parecen rayos de luna?