—Padre, no hables así, que me das miedo —gritó Inés abrazándole, llenos los ojos de lágrimas.
La condesa no decía nada, y lloraba también.
Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y entera, cuando dijo:
—Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí?
—Aquí estoy, padre —respondió ella acudiendo cariñosamente a su lado—. ¿No me ves?
Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los de la condesa.
—¡Ah! —dijo Santorcaz sonriendo ligeramente—. Está ahí... la veo... viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla?
La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía muda.
—¿Por qué no habla? —repitió el enfermo.
—Porque te tiene miedo —dijo Inés—, como te lo tengo yo, y no se atreve la pobrecita a decirte nada. Tú tampoco le dices nada.