—¿Que no? —indicó el masón con asombro—. Hace dos horas que estoy dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me contesta. ¡Ay! —añadió con dolor y volviendo el rostro—, es demasiado cruel con este infeliz.

—¿La quieres mucho, padre? —preguntó Inés tan conmovida, que apenas entendimos sus palabras.

—¡Oh, mucho, muchísimo! —exclamó el enfermo oprimiéndose el corazón.

—Por eso desde que la has visto —continuó la muchacha—, la has pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has causado. Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen comportamiento.

—¿Me habéis oído?... —dijo él con asombro, mirándonos a todos—. ¿Me has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo ser nacido.

Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo:

—Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho en cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos...

Lágrimas abundantes cortaron su voz.

—Y yo —dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno—. Yo, que voy a morir, no sé lo que pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo no sabe si ha amado o aborrecido toda su vida.

Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las almas de aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan separados por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo así, en lo profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su respectiva situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, diciendo: