—Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, honrado, generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te han calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te conocemos bien. Por eso te amamos tanto.

—Sí —respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas del confesor.

—Si has hecho algunas cosas malas —continuó Inés—, es decir, que parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente. Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas... Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean iguales.

—Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales en la tierra —dijo Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta—. Señora condesa, hoy mismo ha consentido usted que su hija única y noble heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto!

—Mejor sería —repuso la condesa— decir con un joven honrado, digno, generoso, de mérito verdadero y de porvenir.

—¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años —afirmó Santorcaz con tristeza.

Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes dolorosas.

—Es verdad —dijo Inés entre broma y veras—; pero tú te entregaste a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París, te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.

—Sí —murmuró el anciano.

—Al mismo tiempo procurabas hacer daño a la persona que más debías amar... Yo sé que si ella no te hubiera despreciado como te despreciaba, tú habrías sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido por ella...