—Sí, sí —repitió él.
—Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse y quererse mucho.
—Sí, sí.
—Y no me queda duda —continuó Inés derramando sin cesar aquel torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo—, no queda duda de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que te acompañara.
Santorcaz no afirmó ni negó nada.
—Lo cual me place mucho —prosiguió ella—. Has sido para mí un padre cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado, que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes.
El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma.
—Muero —dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha a Amaranta y la izquierda a su hija— sin saber cómo me recibirá Dios. Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias, tan grandes la una y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi pecho ha respirado venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he creído demasiado en las justicias de la tierra; he desconfiado de la Providencia; he querido conquistar con el terror y la fuerza lo que a mi entender me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la virtud de los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y tiránica, empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido por completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida; he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera, despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera. Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que cierre mis ojos y me lleven delante de Dios.
Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre los dos convinimos en llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había sido amigo muy querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó en venir.
Por la mañana, después de la piadosa ceremonia espiritual, Santorcaz nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. Largo rato hablaron a solas los dos; mas como de pronto sintiéramos ruido, entramos y vimos a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y a él incorporado, inquieto, con todos los síntomas de un delirio atormentador. Con sus extraviados ojos miraba a todos lados, sin vernos, atento solo a los objetos imaginados con que su espíritu poblaba la oscura estancia.