—Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego pareció asombrada, muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio nombre. «Sr. Juan de Dios —dijo—, ¿se ha hecho usted fraile?...» Que me moría en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán pancista.» Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide limosna.» El hombre alzó el palo para pegarme, y ella dijo: «Padre, no le hagas daño.»

—¿Está usted seguro de que dijo eso?

—Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, enemigo natural de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.

—Sr. Juan de Dios —le dije después de reflexionar un poco sobre lo extraño de aquella aventura—, júreme usted que es verdad cuanto ha dicho, y que no es su ánimo burlarse de mí.

—¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! —exclamó el hospitalario, que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad—. Cierto es lo que he dicho. Tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje humano.

—¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de comediantes?

—Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso camino de Salamanca.

El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada catadura de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para creer que entre los primeros y el último encuentro del fraile había alguna diferencia.

De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, el labio inferior trémulo, y toda su persona desasosegada. Miraba a un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus terrores, y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de las suyas.

—Ya se ha desvanecido —dijo con voz débil y dejando caer desmayadamente los brazos.