—¿Pues qué, otra vez ha estado aquí?

—Sí, en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay allí unas mozas de San Esteban?

—Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está entre ellas —repuse sin poder contener la risa—. Si estuviera, bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados.

—Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío —afirmó no repuesto aún de la emoción—; pero no dude usted de que estaba allí. Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque estoy pecando...

—¿Pecando ahora; pecando por hablar con un antiguo amigo?

—Sí, señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los deleites de la conversación con gente seglar. Además, he estado aquí descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y he gustado de la fresca sombra de estos árboles. ¡Alma mía —añadió con exaltado fervor—, arriba!... no duermas, vigila sin cesar al enemigo que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, alerta siempre.

—¿Se marcha usted ya? —dije al ver que desataba al buen jumento—. Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.

Tomolo, y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin duda por cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el seno.

«O es un farsante —dije para mí—, o el más puro y candoroso beato que ciñe el cíngulo monacal.»

—Buenas tardes, Sr. D. Gabriel —dijo con humilde acento—. Me voy a Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y usted, a dónde marcha?