—El coche se ha salido del camino —dijo Tribaldos con espanto—, y ha parado en un sitio muy peligroso.
Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse. Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo, quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera. Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo del barranco.
Imposible que yo viera la situación terrible de la viajera infeliz sin acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo; bajé tropezando a cada paso, despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido siniestro, y llegué al fin a donde se había detenido el vehículo. Una mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces.
—Señora —grité—, allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al barranco.
El caballo pataleaba en el suelo, pugnando por levantarse, y con sus movimientos de dolor y desesperación arrastraba el coche hacia el abismo. Un momento más y todo se perdía.
Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche que se inclinaba.
—Señora —grité con afán—, procure usted salir. Agárrese usted a mi cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra, no hay que temer.
—No puedo, no puedo, caballero —exclamó con dolor.
—¿Se ha roto usted alguna pierna?
—No, caballero... veré si puedo salir.