—Un esfuerzo... Si tardamos un instante, los dos caeremos abajo.
No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido a las piedras la sostuve, y no hubo más remedio que llevarla en brazos al camino.
—Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán —grité a mi asistente que había acudido en mi auxilio—, ayúdame a salir de aquí.
Tribaldos y otros soldados, que no me habían prestado socorro hasta entonces, me ayudaron a salir; porque es condición de ciertas gentes no arrimarse al peligro que amenaza, sino al peligro vencido, lo cual es cómodo y de gran provecho en la vida.
Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos.
—Caballero, os debo la vida —dijo recobrando el perdido color y el brillo de sus ojos.
Era como de veintitrés años, alta y esbelta. Su airosa figura, su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me hicieron honda y duradera impresión.
VIII
Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos, y dije a Tribaldos:
—Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.