Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:

—No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo.

En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés, llamado Sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés.

—¿Pero habrá aquí una habitación confortable para la señora? —me dijo después.

—Puede descansar en mi propia habitación —dijo el dómine, que había bajado oficiosamente al sentir el ruido.

—Bien —dijo el inglés—. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo más de lo necesario, y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército.

—No quiero médicos —dijo la desconocida—. No tengo herida grave: una ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo.

Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba, dejose caer en un sillón que en la primera estancia había, y respiró con expansivo desahogo.

—A este caballero debo la vida —dijo señalándome—. Parece milagro.

—Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli —me dijo el inglés—. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted de mí... en Cádiz?