—Me acuerdo perfectamente.
—Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a Lord Gray.
La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.
—Este caballero... —murmuró.
—Es el mismo de quien os he hablado hace días... —contestó Parr.
—¡Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de Inglaterra y España, hubiese tropezado siempre con hombres como vos...! Según me han dicho, Lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son superiores a estos tiempos.
—Para conocer bien aquel suceso —dije yo, no ciertamente orgulloso de mi acción— sería preciso que yo explicase algunos antecedentes...
—Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande admiración.
Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.
—¿De modo que esta señora se alojará aquí? —me dijo Parr—. Donde yo estoy es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.