—He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo Sir Arturo —dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.
—Entonces estará bien aquí.
Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida, y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer, que sin duda debía de tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «Será que las costumbres inglesas lo ordenan de este modo.»
En tanto, la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los cuidados quirúrgicos, y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama en que pasar la noche.
Un momento después, el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules, que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue a los desmayos, se fijaron primero en mi persona y después en las paredes de la habitación. Más la miraba yo, y más hermosa me parecía a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más pura corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la imagen de las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban la boca los más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo, atormentado bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían faldas de amazona, era delgadísimo; mas no carecía de las redondeces y elegantes contornos y desigualdades que distinguen a una mujer de un palo torneado.
—Gracias, caballero —me dijo con acento melancólico y usando siempre el vos—. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún alimento.
—¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero —dijo Forfolleda, que arreglaba los trastos de la habitación—, unas sopas de ajo, chocolate, o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.
—Gracias —repuso la inglesa con mal humor—, no puedo comer eso. Que me hagan un poco de té.
Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan solo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca, juntamente con los hígados, la primer leche que mamó. Luego se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó victoriosamente el ataque, afirmando que, merced a la ayuda de los herejes calvinistas y luteranos, la católica España triunfaría de Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para producir el bien.
—Vete a cualquier casa donde haya ingleses —dije a Tribaldos— y trae té. ¿Sabes lo que es?