Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos fríos cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo, afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador, vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco, que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me distinguiese de los demás.

Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida. Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo suficiente para ver cuanto pasaba en ella.

Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana que daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla. Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía, no se inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me dijo:

—¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor insoportable.

—Lo mismo sucede en el mío, señora —dije—; cuando la he visto a usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.

—Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y pensábais salir...?

—Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla, y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos pinares...

—No... salid, bajad, iré yo también —dijo con viva resolución y mucha naturalidad.

Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña, y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas.

Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por mí, la inglesa me dijo: