—Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a los Dávilas?

—A ninguna de esas, señora —le respondí ocultando con mi embozo la sonrisa que no pude contener—, sino a los Aracelis de Andalucía, que descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.

—¿De Hércules? No lo sabía ciertamente —repuso con naturalidad—. ¿Hace mucho que estáis en campaña?

—Desde que empezó, señora.

—Sois valiente y generoso, sin duda —dijo mirándome fijamente al rostro—. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y envidia de Europa por espacio de muchos siglos.

—Señora, usted me favorece demasiado.

—Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, tañer la guitarra y componer versos?

—No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas esas habilidades.

Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente:

—¿Y estáis enamorado?