Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían aquellas palabras.

—¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? —contesté decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga quisiera llevarla.

—Veo que os sorprende mi modo de hablaros —añadió ella—. Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo... Quizás me juzguéis mal...

—¡Oh, no, señora!

—Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio si creyérais que esto es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este país son dignos de profundo estudio.

«De modo que lo que quiere es estudiarme —dije entre dientes—. Resignémonos a ser libro de texto.»

—El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por celos, claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de vuestra dama me hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías, o en algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?...

Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela:

—Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando parte de una compañía de histriones de la legua?

Esto era sin duda demasiado fuerte.