—Caballero —dijo la inglesa con estupor—, ¿pues qué, todavía hay encantamientos en España?

—Encantamientos, precisamente, no —dije tratando de abatir el vuelo—; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, malicias y ardides de hombres perversos.

—Veo que leéis libros de caballerías.

—Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida.

—¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! —exclamó deteniéndose—. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra dama está transformada en una comiquilla...

—Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a esta transformación, no dudo que usted me compadecería.

—¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres porque veo que creéis en encantamientos.

—Están en Salamanca.

—Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los franceses.

—Pero la tomaremos.