—Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.

—Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército aliado desapareciera y me quedase solo...

—Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.

—¡Ah, señora! —exclamé con énfasis—. Un hombre que ama no sabe lo que dice. Veo que es un desatino.

—Un desatino relativo —repuso—. Pero ahora comprendo que os estáis burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla pasar por gran señora.

—Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me burlo.

—No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas —dijo riendo—. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca.

—Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de ellas hermosísima. Venían de Plasencia.

—Me parece que sí.

—Y en otro carro llevaban lienzos pintados.