—Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me recordaba una de las más graciosas aventuras del Libro, un vecino de Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les descuartizarían si les conocieran.»

—No me dice usted nada que yo no sepa —contesté—. Señora, ¿ha oído usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre Salamanca?

—Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces transportes de un corazón siempre inflamado?

—Así, así mismo, señora —dije con entusiasmo que no era enteramente ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer, cuyo carácter comenzaba a penetrar—. Parece que lee usted en mi alma como en un libro.

Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en aquel extraño coloquio.

—Caballero, ¿tenéis madre? —me dijo.

—No, señora.

—¿Ni hermanas?

—Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.

—Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que estáis solo en el mundo —añadió con acento compasivo—. ¡Desgraciado caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?