—¿Por qué no?

—Caballero —dijo súbitamente deteniendo el paso—, veo que os estáis burlando de mí.

—¡Yo, señora! —contesté algo turbado.

—Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior, como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores, que no existen sino en vuestra imaginación.

—Señora mía, usted...

—Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos pinares me marea.

—Como usted guste.

Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido.

La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino; y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto, que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de hierro, y me quedé solo.

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