—Para esta comisión —dijo Wellington en castellano bastante correcto—, se necesitan ciertos conocimientos...
Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró a mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin encomendarme a Dios ni al diablo, dije:
—Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. Sé levantar un plano.
El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así:
—En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un español.
—Mi general —dijo con fatuidad España—, en mi división no faltan oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer alarde de su arrojo delante de vuecencia.
Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor vehemencia:
—Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con las noticias que vuecencia desea.
Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó:
—Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?