—Dios me protegerá, señora.
—Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.
—¿Pero todavía insiste usted?
—¡Extraño suceso! —dijo sin hacer caso de mi pregunta—; ¡y cómo me seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué romance tan lindo!
—¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances?
—¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra! —repuso con entusiasmo—. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? Los he leído y los conozco todos: los moriscos, los históricos, los caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos y forzados, y los satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al inglés en verso o prosa.
—¡Oh, señora mía e insigne maestra! —dije, afirmando para mí que la enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria—. ¡Cuánto deben a usted las letras españolas!
—Los leo con pasión —añadió sin hacerme caso—; pero, ¡ay!, los busco ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos!
—Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras —afirmé, reconociendo que me había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la Pajarita—. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera que...
—Caballero —dijo con gravedad interrumpiéndome,—¿habéis leído los romances de Bernardo del Carpio?