Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa había hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un momento; y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.

—Yo conozco esta firma —dijo primero—. La condesa de ***. La vi y la traté en el Puerto de Santa María.

—En enero del año 10, señora.

—Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los timbres de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la rectitud de vuestros altos sentimientos.

—¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.

—Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que Inés (¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia...

Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce confusión, casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía, despertándose de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos la aventura que delante tenía.

—¡Caballero! —exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso arrobamiento de su alma poética—, esto es hermosísimo, tan hermoso que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por completo, tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y romances. De modo que vos, al ir a Salamanca, vais a intentar...

—Lo imposible.

—Decid mejor dos imposibles —afirmó Athenais con exaltado acento—, porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.