—Al contrario —dijo con gracia suma—. No os ocuparéis de otra cosa. ¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os escribe desde Madrid?
—¿Cómo sabe usted?... —pregunté con asombro.
—Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de mi señora la condesa.»
—¡Y yo salí sin recoger esa carta! —exclamé contrariado—. Vuelvo al instante a Sancti Spíritus.
Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo sin igual:
—No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.
Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente, a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para Salamanca.
—Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que reflexionáis sobre ella —me dijo Athenais.
—No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el bien que le han quitado.
—Esa carta es de la mamá de la encantada —dijo la señorita Mariposa con incredulidad—. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que no engañarán a personas discretas como yo.