Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su determinación, añadió:
—¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí: libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca... Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed que os desprecio.
—¿Y qué hice yo para merecerlo? —dije poniendo mi cabalgadura al paso del caballo de tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias agradecieron mucho.
—¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.
—Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero ¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.
—¿Querréis hacerme creer —dijo con malicia— que vais a Salamanca a la comisión de Lord Wellington?
—Seguramente.
—Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a donde vamos.
Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo:
—Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios asuntos.