—Bien —afirmó mirándome con desdén—. Iré sin disfrazarme. En realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...
—Señora —le dije poniéndome serio—, el honor que recibo y el placer que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro. Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa el menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja con hombre desconocido por vericuetos y andurriales?
—Menguada idea tenéis del honor, caballero —declaró con nobleza y altanería—. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a Salamanca.
Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones, se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en la bolsa interna del cinto.
XIII
«Ya está mi Sr. Araceli en campaña —me dije—. El miércoles a las doce de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa da en el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré con toda energía, y como no entre en razón, denunciaré al General en Jefe el capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide andariega y voluntariosa.»
No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel momento comenzaba a salir para San Muñoz.
Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a poco de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las que en todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo de Sancti Spíritus.
Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un premio en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites; algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana, pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba radiante.
—Os he alcanzado —dijo con acento triunfal—. Si Mistress Mitchell no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña, Sr. Araceli.