—Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe —afirmé con resolución.

—Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para prestar servicios difíciles a una causa santa?

—Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada, exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte.

—¿Que no puedo disfrazarme?

—Bueno, señora —dije sin poder contener la risa—. Principie usted por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen a los niños.

Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la aldeana.

—Luego —añadí—, desciña usted esas hermosas trenzas de oro, construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el dengue o rebociño.

Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas que la charra iba sacando de un arcón.

—Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los hombros.

La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la imposibilidad de disfrazarse de aldeana.