—Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a las órdenes de usted.
Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte, amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.
—Señora —dijo esta—, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que tenéis puesto?
La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y mirábala absorta sin contestarle.
—Señorita Fly —dije—, ¿va usted a vestirse de aldeana?
—Sí —me respondió sonriendo con malicia—. Quiero ir con vos.
—¡Conmigo! —exclamé con la mayor sorpresa.
—Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca —añadió tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la aldeana la entendiese mejor.
—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —dije—. ¿Ir conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la cual ignoro si saldré con vida?
—¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os fundáis para creer que yo conozco el miedo?