—Mi general —dije—, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?
—Nada más —repuso sonriendo con benevolencia—, sino que adoro la puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta apreciación y distribución del tiempo.
—Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, desagradaré a vuecencia.
—Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo en venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; dos para vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida.
—A la orden de mi general —dije disponiéndome a salir.
Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento, y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.
Salí a disponer mi viaje.
XII
Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba, dijo:
—Caballero, hace una hora que os busco.