—¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a Valencia?
—Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende.
—¿También ha sido usted guerrillero? —dijo Wellington sonriendo—. Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así lo desea.
—Señor, lo deseo ardientemente.
Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más atención que ninguno.
—Bien —añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la vista en mí y en el mapa—. Tiene usted que hacer lo siguiente: se dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones, examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que tiene el enemigo en sus almacenes.
—Mi general —repuse—, comprendo bien lo que se desea, y espero contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?
—Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya del Valmuza. Pero adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la mañana. No acostumbro esperar.
—Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de vuelta de mi expedición.
—Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien, pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en juego su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El Mayor general del ejército entregará a usted la suma que necesite para la expedición.