—No, me basta —repuso Wellington—. ¿Y después?
—Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí prisionero, y quisieron llevarme a Francia.
—¿Le llevaron a usted a Francia?
—No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal ciudad.
—¿Todo el sitio? —dijo Wellington con creciente interés hacia mi persona.
—Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas peripecias de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos encontramos en él.
—¿Y a qué ejército pasó usted luego?
—Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.
—¿No se encontró usted en un nuevo asedio?
—En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de San Lorenzo de Puntales.