—Eso ha de ser bonito.

—Parece que resucitan los tiempos —dijo Miss Fly con cierta vaguedad inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante—; parece que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza, renovando por un momento las maravillas pasadas... La Naturaleza, aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su juventud, como una vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia, cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas de su propio diario, y luego busca la espada en el cajón de los olvidados y sublimes juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo veis?

—Señora, ¿qué quiere usted que vea?

—El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez...

Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el carricoche de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma continuó así:

—También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le apareció...

El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo de rodillas.

—Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida —le dije—. Este caballo no puede seguir.

—¡Cómo! —exclamó con ira la inglesa—. Andará. Si no, enganchad el vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.

—Imposible, señora, imposible.