—¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal no sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de Faetonte.

Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco trecho.

—Imposible, imposible —exclamé—. Señora, me veo obligado, muy a pesar mío, a abandonar a usted.

—¡Abandonarme! —dijo la inglesa.

En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.

—Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en Bernuy. No necesito decir más.

—Bien, caballero —dijo con temblor en los labios y acerba reconvención en la mirada—. Marchaos. No os necesito para nada.

—El deber no me permite detenerme ni una hora más —afirmé volviendo a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo, puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly—. El ejército aliado no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson... Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.

Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.

—Adiós, hermosa señora mía —grité picando espuelas—. No puedo detenerme. Si vivo, contaré a usted lo que me ocurra.