El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés según uso del país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo.

—¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!

—No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. ¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará su generosa conducta.

—Sr. Cipérez —dije al leal salmantino—, yo voy a Salamanca y no tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...

—¿Y a qué vas allá?

—A vender estas verduras —repuse mostrando mi pollino.

—Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos llaman jericó?

—¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.

El aldeano me miró con atención algo suspicaz.

—¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? —me preguntó clavando en mí los ojos—. Por la uña se saca al león...