—Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de seguridad?...
—Tú no eres lo que pareces —dijo con malicia el aldeano—. ¡Vivan los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses menos Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos!
—Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?
—Baltasarillo —gritó Cipérez—, llégate aquí.
Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, vivaracho y alegre.
—Es mi hijo —dijo el charro—. Es un acero... Baltasarillo, dame tu carta de seguridad.
—Entonces...
—No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No dices que tu madre quedó muy triste?
—Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.
—¿Tú no?