—Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones —replicó el mancebo—. Quiero ir a Salamanca.
—A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr. Molichard... Dame tu carta.
El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:
—Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana María, cuando la fiesta del rey Copas.
—Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho —dije echando mano a la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí.
—Cipérez el rico no toma dinero por un favor —dijo con nobleza—. Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos unos. Yo también...
—¿Cómo recibirán estos pueblos al Lord cuando se presente?
—¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? —preguntó con entusiasmo.
—Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.
—¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca —exclamó con exaltado gozo—. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y los mozos de Villamayor?