—No he visto nada, señor.
—Tenemos armas —dijo con misterio—. Ténganos el pie al herrar y verá del que cojeamos... Cuando el Lord nos vea...
Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:
—Tú vas a Salamanca mandado por el Lord... ¿eh? como si lo viera... No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien, amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al mur dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio... pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer.
—Sr. Cipérez —dije—, ¡vivan los buenos patriotas!
—No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado.
—Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones?
—Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los fuertes.
—¿Pues quién?
—Los vecinos de la ciudad.