—Hermosas hortalizas —dijo en francés un cabo, llevando su caballo al mismo paso que mi pollino.

No dije nada, y ni siquiera le miré.

—¡Eh, imbécil! —gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la espalda—, ¿llevas esas verduras a Salamanca?

—Sí, señor —respondí afectando toda la estupidez que me era posible.

Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi mercancía.

—Todo, lo compramos todo —dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo mugriento—. ¿Combien?

Hice señas negativas con la cabeza.

—¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?

—No, señor: es para un regalo.

—¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran imbécil, podrás volverte a tu pueblo.