Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la ciudad, porque a los que no iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:
—¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor estúpido.
—Señor —repuse—, voy a cargar mi burro de hierro viejo.
—¿Tienes carta de seguridad?
—¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.
—Bueno, saco de papel: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme; mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para evitar el espionaje.
Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos el centinela.
—Déjalo pasar —dijo mi cabo—; le he comprado las verduras y va a cargar de hierro su jumento.
Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo así:
—Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! monsieur le badaud. En esta semana hemos ahorcado a tres espías.