Yo fingí no comprender, y él añadió:
—Puedes entrar si tienes carta de seguridad.
Mostré el documento, y me dejaron pasar.
Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente muy a gusto aquellos señores.
—Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las fortificaciones —dije para mí—. Los franceses les llevan a la fuerza.
Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz que en mal castellano me decía:
—¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de policía.
—Yo soy forastero —repuse—; he venido con mi borriquito...
—Venid y se sabrá quién sois —continuó mirándome atentamente—. Si, par exemple, fueseis espion...
Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo: