—¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda duda que sois espion. Estábais observando la artillería de las monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?
Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro robustos y poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos retorcidos e imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.
—¿Qué traes, Tourlourou? —preguntó con fastidio el más viejo de todos.
—Un crapaud pescado ahora mismo.
Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias reverencias a aquellos apreciables sujetos.
—¡Un crapaud! —repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con fieros ojos—. ¿Quién sois?
—Señor —dije cruzando las manos—, ese señor soldado me ha tomado por un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez, para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme... —y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé—: ¡Adiós, madre querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he hecho; qué he hecho yo, señores?
El oficial anciano dijo con calma imperturbable:
—Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al maréchal des logis, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.
Presentose otro francés alto como un poste, derecho como un huso, flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de descomunal magnitud. Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando dije: