—Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...

—El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.

—Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo, sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere verte muerto.

—En lo de ensartar refranes —dijo Molichard—, se conoce la sangre del Sr. Cipérez.

—Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.

Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:

—Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez... pero...

—No... no se apure por mí el Sr. Molichard —dije con la mayor naturalidad del mundo—. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo...

—En el calabozo lo pasaríais mal, joven... —dijo el francés—. Veremos. Se le dirá al oficial que...

—El oficial no se acuerda ya de lo que mandó —afirmó Tourlourou, quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.