—¡Eh! Jean-Jean —gritó Molichard llamando a un compañero que cercano al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo de dragones que comprara mis verduras en el camino.
Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.
—Buen amigo —le dije—, me parece que fue su merced quien me compró las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un regalo?
—A saber que eran para este chauve souris—dijo Jean-Jean—, no os hubiera dado un céntimo por ellas.
—Jean-Jean —gritó Molichard en francés—, ¿te gusta el vino de la Nava?
—Verlo no. ¿Dónde lo hay?
—Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado un trago. Pero tenemos que ponerle a él en el calabozo...
—¡En el calabozo!
—Sí, mon vieux: le han tomado por espía sin serlo.
—Vámonos a la taberna los cuatro —dijo Tourlourou—, y luego el señor se quedará en su calabozo.